El coleccionista consciente

Artículo de reflexión. Entrevista a Juan Francisco Hernández Roa
para revista La Tadeo Dearte | facultad de Artes y Diseño | Universidad Jorge Tadeo Lozano


«El arte es un encuentro visceral con las ideas más importantes de la fe», dice Alain de Botton en una charla TED.Y, se podría agregar, un proceso de aprendizaje sobre el mundo. Para Juan Francisco Hernández Roa es una herramienta para mejorar la sociedad, para entenderse a sí mismo, y para preservar una memoria colectiva. Por eso, y con motivo de la exposición «Horror vacui: una colección de pintura barroca» en el museo de artes visuales de la Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano, en esta entrevista este abogado bogotano explica por qué y cómo se ha dedicado a ser puente entre generaciones, a atesorar piezas de nuestro pasado colonial, y expone el futuro del coleccionismo en Colombia.

EL COLECCIONISTA
¿Qué caracteriza a un coleccionista?
El coleccionista es un acumulador deliberado de objetos con un propósito específico, que se dedica a la investigación y a la conservación de los objetos que tiene. Es una persona que siempre está a la caza de piezas que le permiten enriquecer esa colección, no tanto su patrimonio; es una persona que entrega su vida a eso y que es un puente entre una generación y otra. Es el depositario de una cultura manifestada en ciertos objetos, que recibe como un legado del pasado y que debe transmitir al futuro en un estado de conocimiento mayor que aquel en que lo recibió. El coleccionista existe cuando se dedica a investigar qué es lo que tiene. Eso es para mí lo que marca la diferencia entre un coleccionista y un acumulador de objetos, entre un coleccionista y un exhibicionista. El coleccionista sabe qué tiene, por qué lo tiene, hacia dónde debe ir cada pieza o cuál puede ser la vocación de lo que tiene. Donde exista la palabra «anónimo», va a tratar de buscar un nombre que se identifique con eso. El acumulador de objetos no hace nada de esto: exhibe más como una muestra de dinero que como una exhibición de cultura. Y ahí es donde marca la diferencia: el coleccionista tiende a ser una persona culta; el acumulador de objetos, no necesariamente. Tengo una inclinación muy grande hacia el barroco, que es la antítesis de lo que el mundo actual considera que es decorativo o de gusto, como el minimalismo.

¿Por qué el barroco?

Soy católico y el católico está marcado por la veneración de imágenes. Mi familia es católica y siempre hubo imágenes. Aparte de eso, la presencia de la imagen, y hago énfasis en este tema, no es únicamente lo que está representado sino el objeto en sí mismo. Para nosotros es clarísimo que una cosa es la devoción y otra la obra de arte. El barroco es el arte que mejor entiendo, el arte que cautiva verdaderamente mis sentidos. Siempre lo vi en mi casa: a mi madre le encantaba el arte y me mostraba libros de arte desde los tres años. Más que entender lo que era, desde muy niño empecé a conocer a Velásquez, Murillo, Goya, Leonardo, Miguel Ángel… Eso se fue metiendo en mi mente como algo consustancial a mi vida, y no entiendo mi vida alejada del arte.

Prefiero el barroco pero no excluyo ninguna de sus manifestaciones. Hace unos 15 años, conocí el arte moderno; para mí era un arte que no tenía mayor significado pero lo descartaba por desconocimiento y no por gusto. Comencé a estudiar el arte moderno y a entender el verdadero valor de ese arte, y aprendí a desligarme de la necesidad de la representación realista y a acercarme a la representación conceptual. En el fondo, el arte moderno tiene un gran parecido con el barroco, no en su expresión pero sí en su filosofía: llegar al espectador. El arte barroco y el moderno tratan de generar una impresión en el espectador: quien observa la obra se lleva algo de lo que está viendo. Otras manifestaciones del arte pueden llegar a unos niveles de perfección infinitamente mayores pero su impacto es infinitamente menor, porque normalmente el arte se entiende en términos sensoriales y no en términos lógicos. Soy una persona muy sinestésica y creo que el arte tiene que ser sinestésico, en un significado muy amplio de la palabra: generar un impacto, que uno sienta la obra.

Definitivamente, vengo de familia de coleccionistas, mis padres fueron gestores fundamentales en mi profesión al coleccionismo. Además, lo auspiciaron. De modo que les agradezco profundamente porque sin duda no sería el coleccionista que soy si no hubiera contado con el apoyo intelectual, moral, económico y cultural que me brindaron.

¿Persigue los objetos? ¿Lo persiguen?

Hay objetos que sé que existen y he buscado para completar. Hay otros que compro porque me parecen hermosos. Pero hay otros que me han buscado y llegan a mis manos de la forma más fortuita y enmarañada imaginada. En la búsqueda de la última pieza demoré 28 años, la mitad de mi vida. Fue pasando de mano en mano hasta que las últimas manos no quisieron seguir con esa obra y pude adquirirla.

¿Existe un miedo a la obra? Muchas coleccionistas se guían por eso.

Ese miedo no. Frente al coleccionismo, siento miedo a la responsabilidad que se está depositando en mis manos, de que no sea capaz de conservar las obras, de que no sea capaz de servir de puente entre una generación y otra, o que no sea capaz de hacer algún aporte adicional a lo que recibí. Lo verdaderamente importante de las obras, y quizá uno de los grandes aportes del coleccionismo, es que no basta la obra: primero hay que preservarla para que no desaparezca, pero hay que investigar, conocer el pasado, y a través de ese pasado darle un futuro.

¿A qué hora se puede hacer esto? Ese estudio detrás significa tiempo.

La naturaleza me ayuda en ese sentido porque soy insomne. Comencé a coleccionar a los 13 años: la vocación existía por el medio en el que fui criado pero pude empezar a hacerlo por mis propios medios cuando adquirí mi primera pieza con lo que gané por un trabajo. Recuerdo que en esa época ya me preguntaban qué haría, cuando me casara, con todo lo que estaba acumulando. La respuesta era obvia: no tendría ningún vínculo con alguien a quien no le gustara lo que me apasiona. Y, obviamente, mi esposa ha sido cómplice en este proceso, le fascina el arte y es muy culta, aunque no tiene la enfermedad: está vacunada contra el coleccionismo, pero yo estoy absolutamente infectado. Nuestros hijos, también, se han criado en ese medio y están en la capacidad de reconocer obras de arte y manuscritos. Me mueve las entrañas cuando veo algo en donde manifiestan su amor por el arte, por la cultura y por la historia. Aquí aprovecho para decir que en este país se abandonó el estudio de la historia porque creemos, erradamente, que la historia se llama sociología, cuando se trata de dos temas completamente diferentes. Para conocer el renacimiento, el barroco o el flamenco del siglo XV, hay que aprender historia, algo que no se está aprendiendo hoy en día y que está haciendo que la gente tenga menos interés en su pasado. Porque el que no conoce qué tiene, no sabe para qué sirve. Por eso me llamó mucho la atención el éxito que tuvo la exposición de las monjas coronadas en el Banco de la República en el año 2016. La asistencia fue masiva, cuando se trata de un tema extraordinariamente raro porque combina una variedad de elementos que harían pensar que es la exposición que menos interés puede despertar: es un tema religioso, de monjas de clausura, de mujeres muertas… Se junta la religiosidad y la espiritualidad con el concepto, errado, de que la presencia de la muerte es macabro; y, sin embargo, una exposición tan linda y pacífica, tan interesante, se llenó de asistentes y movió todos los medios de comunicación. ¿Será que estamos volviendo hacia el barroco? El ser humano es barroco porque es sensorial, y tenemos que volver a eso. La historia, y la historia del arte, siempre ha sido cíclica: hay momentos lógicos y momentos sentimentales. El renacimiento es lógico, el barroco es sentimental. En este momento estamos sufriendo un cambio, el arte está cambiando porque las expresiones artísticas tienen un abanico de posibilidades que hace 30 años no existía. Hoy en día existen materiales distintos, formas de expresión distintas, y una tecnología que ofrece soportes distintos. El arte está cogiendo unas dimensiones que, creo, nunca se pensó que podría llegar a tener. Como en todo lo que crece de una forma multitudinaria, tiende a ser desordenado hasta que el mismo grupo comience a poner unas reglas de juego, como las impusieron los impresionistas o los cubistas. De todas maneras, esa posibilidad infinita de materiales y de soportes y la formación de que somos todopoderosos nos lleva a pensar que cualquier porquería es arte. Ahí hay una equivocación garrafal, y me preocupa mucho: el arte siempre tuvo vocación de permanencia y hoy en día estamos viendo arte con vocación esencialmente efímera. Me preocupa el tema de instalaciones y performances. Cuando veo la película de un performance, veo una película y no el performance. Con un cuadro: estoy viendo el cuadro, punto. ¿En qué momento la obra de arte es la película o es lo que está filmado? Así comienza a descontextualizarse el arte, a perder su esencia. Lo mismo en las instalaciones, queda algún registro, pero ¿cuál es la obra de arte? No sé y tampoco me atrevo a dar una respuesta, pero estamos viendo un problema que la humanidad no había enfrentado. Desde las cuevas de Altamira, que es una primera manifestación artística clara, el arte siempre ha tenido vocación de permanencia y ahora probablemente se esté perdiendo. ¿Qué va a quedar? Registros.

¿Cómo fue su encuentro con el arte moderno?

Carmen Ortega Ricaurte, autora del Diccionario de artistas en Colombia, uno de los libros más importantes en la historia del arte en el país, es tía de mi esposa. Siempre me preocupó que ese libro se quedara obsoleto en el tiempo y que no se hiciera una tercera edición; la primera fue en la década de 1960, la segunda en la de 1970, y no se hizo una nueva edición. Insistí mucho en actualizar el diccionario hasta que ella se decidió a hacerlo. Me pidió que hiciera la parte nueva así que, por obligación, empecé a estudiar sobre arte moderno a partir de libros, visitas a museos y galerías, y me encontré con un panorama de una riqueza infinita. El desconocimiento ciega a las personas y eso me pasaba con el arte moderno, decía que no me interesaba porque mi conocimiento se centraba en arte antiguo. Esta fue una oportunidad de ver y profundizar y de encontrar cosas que empezaron a gustarme. Mi suegro, melómano, decía que no se puede descartar una pieza musical si no nos gusta la primera vez, algo que suele pasar; cada uno debe darse al menos tres posibilidades, que es cuando ya se empiezan a reconocer elementos que pueden gustar. Como cuando se prueba una comida por primera vez, pasa lo mismo con la arquitectura y con el arte: hay que darse la oportunidad de revisar varias veces, de entender por qué no de una manera razonada. Cada trazo caótico parece no significar nada cuando es todo lo contrario. 

El arte contemporáneo es difícil.

Precisamente porque se trata de un arte conceptual. Es un arte en el que cada persona es una escuela, cada artista tiene un concepto. No todo el mundo logra que su trabajo trascienda, pero el problema es que hoy en día cualquiera cree ser artista. Conocer el concepto de cada una de esas personas puede ser difícil. No soy coleccionista de objetos de algún tipo específico, sino coleccionista de objetos no utilitarios: libros, estampillas, monedas y billetes, pinturas y esculturas, piezas de nácar. No obstante, desde el siglo XX existe el arte funcional y me encantan los muebles de diseño escandinavo de la década de 1960, que no es arte sino diseño con una estética específica. Pero cuando el objeto no sirve para nada, es completamente inútil, fue hecho con la única razón de ser contemplado, es algo que me fascina; es la máxima expresión del arte, de la riqueza inútil, una forma sin sentido de expresarse en esos objetos, un desperdicio de riqueza a cambio de una sublimación de la belleza.

EL COLECCIONISMO
¿Desde cuándo se podría hablar de «coleccionismo»?
Se podría decir que las primeras muestras recientes del coleccionismo se dan en el renacimiento, cuando se empiezan a interesar por lo romano y lo griego, y descubren piezas hermosísimas con las que habían convivido siempre pero a las que no habían prestado demasiada atención. Sobre todo los cardenales de la Iglesia, normalmente muy cultos, se encargaron de acumular objetos. La Iglesia necesitaba enormes cantidades de imágenes para llenar sus templos y para poder enseñar sus creencias de una forma fácil de entender. Como la iglesia comenzó a llenar sus espacios, la gente también quiso hacer lo mismo. 

En la Nueva Granada, la gente también comenzó a coleccionar. Es muy reciente la investigación que se está haciendo sobre cómo era el coleccionismo en la Nueva Granada; hace unos años alguna persona comenzó a buscar quiénes eran coleccionistas y encontró que en Colombia eran muy pocos, la mayoría o casi todos eran del siglo XIX hasta hoy. Pero Constanza Villalobos buscó en documentos más antiguos y encontró que María Arias de Ugarte, en el siglo XVII, reunió más de 550 obras de su propiedad. Arias de Ugarte venía de una familia sumamente rica, se casó tres veces y quedó viuda sin hijos; acumuló unas ocho encomiendas que incluían Chocontá, Techo y otras regiones de la Sabana de Bogotá. Se encargó de seguir la tradición de su tío y formó verdaderas colecciones, así que se ve que no solo las comunidades religiosas se dedicaron a tener estas obras de arte. María Arias de Ugarte era factible que tuviera la posibilidad de conseguir obras de arte, pero hay casos muy extraños: en otros testamentos, se encontró que existían coleccionistas con obras de otras características y dimensiones, pero se demuestra que la gente quería acompañarse de imágenes. En términos científicos, de ese gran pastel de imágenes, la inmensa mayoría son de la vida de Jesús y de la Virgen. Otra porción del pastel son las vidas de los santos, una menor de las santas, y la menor son escenas bíblicas, porque el retrato civil y otro tipo de temas son prácticamente inexistentes, o por lo menos poco se ha conservado de eso. Creo que en el 9 de abril de 1948 se perdieron muchas obras y objetos; además, nadie estaba acostumbrado a conservar lo que tenía. El siglo XX fue funesto porque llegó el concepto de modernidad y eso implicaba que lo viejo y oscuro había que desaparecerlo, más bien cambiarlo por cosas nuevas, y ahí creo que se perdió mucho. La inmensa mayoría de las personas no tenía una cultura lo suficientemente grande para entender que, más allá de un objeto de devoción, tenía al frente una obra de arte. 

¿Cómo es un coleccionista?

Dicen que al coleccionista, analizado desde el punto de vista psicológico, le aparecen todo tipo de enfermedades mentales. Pero también le aparecen una cantidad de escapes de la mente para vivir de una forma más sana. Y uno de esos beneficios que el coleccionismo genera para la mente es que da una estructura mental: el coleccionista tiende a ser muy organizado en lo que tiene que ver con su colección. Además, se trata de una persona que tiende a llenar sus vacíos con cosas y comienza a establecer diálogos con ellas; de alguna manera, tiene una vida más activa, a pesar de que sea con objetos. Pero eso lleva a otra cosa: los coleccionistas tienden a ser personas más sociables porque eso genera vínculos con otras personas. El coleccionismo genera lazos estrechísimos con otras personas educadas en esos temas de interés mutuo.

Hoy en día, son los curadores, que hacen de críticos, que avisan al público lo que debe ver.

Para eso se necesita tener algún conocimiento básico que le permita a uno separar el trigo de la paja, que uno tenga la capacidad de entender lo que el artista quiso expresar. La curaduría debe dar unos parámetros, unos marcos conceptuales, pero no debe influenciar al espectador, casi debería preguntar al público lo que opina. A veces escriben unas disquisiciones larguísimas y sin sentido, como tratando de explicar ese no-sentido de las obras en esos escritos. Resulta que o uno está muy loco o uno es absolutamente anacrónico y obsoleto, pero no creo esos cuentos. Nos estamos enfrentando a un problema, que siempre ha existido en el coleccionismo, y es el dinero: hoy en día, los grandes mercaderes del arte han creado la idea de que el arte más allá del arte es una inversión. Entonces le daría un sentido distinto a la palabra: creo que es una inversión de los criterios con los que el arte fue hecho. Obviamente, siempre el arte tuvo un precio, en algunos casos irrisorio y en otros astronómico. 

En algunos escritos europeos, afirman que hay una relación directa entre debacles económicas y boom artístico. De ahí parte la idea de que un coleccionista es un inversor, y muchos inversores se vuelven coleccionistas porque se trata de un bien seguro, que siempre puede dar rentabilidad.

Es así, incluso existen fondos que se dedican a invertir en obras de arte. La rentabilidad que se obtiene es la valorización de las obras de arte; es un riesgo como cualquier otro, como comprar acciones de una compañía que mañana se puede quebrar. Eso ha llevado a que, en cierta medida, el arte no se valore en sí mismo sino como la necesidad de una inversión a la que hay que mantener el precio. Es un hecho conocido que, en muchas ocasiones, los comerciantes de arte se encargan de comprar y vender entre ellos para subir el precio a ciertas obras y para crear burbujas de algunos artistas.

Por otro lado, curadores y dealers de arte existen gracias a los coleccionistas, no a galerías y museos.

Digamos que si tengo hambre y necesito comida, en el supermercado la encuentro. En la galería está simplemente la oferta de las manzanas, escojo la que más me apetezca. Pero cada vez los coleccionistas se vuelven más dealers. El coleccionista verdadero es una persona altamente especializada, al punto de que en muchos casos se han convertido en especialistas mundiales del tema que coleccionan. Muchos museos consultan a los coleccionistas, cuando antes era al revés.

COLOMBIA HOY
¿Cómo ve el panorama actual del coleccionismo en Colombia?
La gente verdaderamente rica en Colombia no destina grandes cantidades de dinero al coleccionismo. Los casos de Harry Potter o Star Wars o Titanic han marcado un hito; porque una forma de coleccionismo que se ha vuelto cada vez más lucrativa es todo lo que tiene que ver con el cine, no con las películas sino con los afiches o con los vestidos y las joyas que usaron los actores, tanto dentro como fuera de los filmes. Un diamante raro puede costar mucho dinero pero si perteneció a Elizabeth Taylor puede valer el doble. Por eso es muy importante la historia de los objetos: los hace mucho más importantes porque un objeto con historia puede ser más interesante así sea de aspecto o confección regular. En las casas de subastas demuestran la procedencia de los objetos valiosos que presentan, incluso hasta los orígenes del objeto, porque son conscientes de ese valor.

¿Por qué no se colecciona más en el país? 

La ley colombiana de patrimonio está acabando con el patrimonio, no está protegiendo absolutamente nada; lo realmente importante se está perdiendo porque la ley protege basura. Cuando se pidió que se registraran los precolombinos que habían, los dueños no lo hicieron. Los que son en oro tienen un valor intrínseco y los están fundiendo para vender ese oro: el oro lo pueden vender, el precolombino no. 

No se puede comparar el arte colonial neogranadino con el arte sevillano de la misma época, por muchas razones de orden cultural. Pero el hecho de que no sean comparables en calidades no quiere decir que como fenómenos culturales no tengan un valor idéntico. Como expresiones culturales de una sociedad en un momento dado tienen el mismo valor. En el diccionario Bénézit, donde aparecen los artistas plásticos importantes de todos los países y de todas las épocas, no está el nombre de ningún artista colombiano de ese periodo. Ya estaban comenzando a salir nombres de esos artistas neogranadinos en casas de subastas, pero la ley de patrimonio prohibió la salida de cualquier obra de estas porque se trata de patrimonio colombiano. El patrimonio cultural de una nación no es únicamente lo que esté al interior de la geografía de ese país, también es lo que esté fuera.

¿Cómo es ese mercado?

La posibilidad de generar un mercado adicional en términos internacionales al que ya existe, que de por sí ya es extremadamente pequeño, es increíblemente pobre porque nadie tiene algún interés en invertir; y se están perdiendo las cosas, ya que los dueños las dejan destruir al ver que ya no tienen un valor importante en el mercado. El haber frenado la posibilidad a mercados internacionales simplemente hizo que las cosas perdieran su valor, que Colombia perdiera importancia a nivel cultural porque de lo que se hacía en el país no se volvió a conocer en el exterior, y se están destruyendo las cosas porque la gente no sabe qué hacer con ellas. La ley de patrimonio de Colombia es la más estúpida que hayan podido hacer, es una ley contraria a lo que persigue. Lo que hizo fue frenar cualquier proyección, cualquier posibilidad de que aparezcan cosas nuevas e interesantes, lo que hizo fue satanizar. He conocido casos aberrantes: supe de una mica francesa de cerámica del siglo XIX que no pudieron sacar del país porque se trataba de patrimonio colombiano. Si eso es el patrimonio colombiano, la cultura nuestra es el contenido de esa mica. Así de simple. ¿Cuál es el patrimonio que Colombia está protegiendo? ¿Proteger a la fuerza? ¿Esto se queda porque se tiene que quedar, porque nadie puede hacer nada distinto porque esto es del país? Hasta donde sé, la constitución prohíbe las expropiaciones y esa es una expropiación no expropiada: si no puedo hacer nada con lo que tengo porque así lo manda la ley, en el fondo me lo quita aunque lo conserve. Es una ley que se debe cambiar, Colombia debe adaptarse a la realidad, recoger las convenciones internacionales sobre la materia, y buscar apoyo en países que tienen una riqueza cultural más reconocida. Si se mueve así la ley, el arte colonial se va a volver de nuevo una de las estrellas protagonistas del mercado colombiano. Pero ahora se está perdiendo, se está destruyendo.

HORROR VACUI
No solo como una manera de rendir homenaje a un pasado casi sometido al castigo del olvido, sino como un llamado de atención a escarbar en un lugar diferente a ese fervor ciego a lo contemporáneo, en la muestra de este arte en el museo de artes visuales de la Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano se expusieron obras de la colección que Hernández ha ido consolidando en los últimos 45 años. Además, esta exhibición parte de un proyecto de investigación que se ha desarrollado en la facultad de Artes y Diseño de la universidad.

¿Cómo se ha llegado a la exhibición en el museo de arte de la Tadeo? 

La exposición se llama «Horror vacui: una colección de pintura barroca». En una exposición tradicional en este museo, el espectador está acostumbrado a mirar de una forma lineal, normalmente a partir de una temática o a través de algún hilo conductor; esta no, será un explosión de arte, como lo fue el barroco. No habrá un guion en el que una pieza debe estar junto a otra porque coincide, aquí algo tiene que ver con algo porque había un espacio por llenar. Se hará un cambio drástico en la presentación: las paredes blancas del museo se van a cambiar por las paredes rojas del barroco. El barroco es un arte de sensaciones plenas y no se puede apreciar en términos aislados, como eventualmente se puede con otros momentos de la historia: el barroco llena, el horror vacui llena todas las sensaciones.

La iglesia, a partir del concilio de Trento, creó un lenguaje único, una retórica barroca. Todo el mundo empezó a pensar en su lengua y en su cultura de acuerdo con lo que Trento ordenó que se hiciera. Es uno de los fenómenos publicitarios más importantes de la historia de la humanidad: haber logrado convencer a la gente. Martín Lutero comenzó a imprimir para que la gente leyera, conociera y entendiera la biblia. La iglesia católica, en respuesta a lo que hace Lutero y mucho más consciente de la realidad, cae en cuenta de que la gente no sabe leer pero que la inmensa mayoría nace con los sentidos funcionando. Por eso, genera una serie de cánones que hay que cumplir y enseñan algo para lo que no hace falta aprender a leer: el mensaje está encerrado en eso que se ve.

¿Cómo se entiende esto hoy en día?

Tal vez la forma más clara de percibir el barroco es en el gran teatro del mundo de Calderón de la Barca: todos estamos jugando un papel en esta vida, el mundo es el escenario en el cual todos nos movemos. Esa es una forma clarísima de entendimiento de lo que fue el barroco: nuestra única realidad es dios y allá tenemos que dirigirnos. Todo lo demás lo que hace es engañarnos, nuestros sentidos nos engañan, así que lo que tenemos que tratar de hacer es desengañarnos para poder ver la verdad que es dios, punto. Por eso el pensamiento barroco es místico, y la mística llega a su máximo momento de expresión en el barroco. ¿Qué tiene que ver con el coleccionismo? Esa necesidad de contemplación, de una contemplación cercana, hace que las personas comiencen a necesitar cantidades de objetos, de imágenes, que les permitan ver el mundo en los términos en los que la Iglesia les está proponiendo que lo vean. Y, aunque hablo del mundo, es solo el occidental.

Además de las obras, ¿qué se puede esperar de la exposición?

En el museo de arte de la Tadeo, es la primera vez que vamos a centrarnos en el tema del arte antiguo con esta exposición del barroco, probablemente la única en mucho tiempo. Ha despertado un gran interés y las personas que han estado relacionadas con este proyecto se han sorprendido de una forma muy positiva. Esta no es una exposición más, es UNA exposición.