El placer de la curiosidad

Entrevista a Daniel Bonilla
para revista Habitar | El Tiempo


Le fascina el tiempo que le tocó vivir: la tecnología que tenemos, la facilidad para movernos y la comodidad para adquirir información. Daniel Bonilla explora el mundo con ojos de arquitecto e incorpora sus descubrimientos en cada una de sus obras.

Daniel Bonilla se considera aburridamente monotemático: habla, hace y consume arquitectura. Decidió seguir esa profesión a los nueve años, sin alguna influencia familiar, y, desde entonces, no ha parado de dibujar lo que le rodea, ese entorno construido que le anima y le fascina. Habla rápido, en tercera persona, como si se le acabara el tiempo para contar, ver y aprender sobre lo que le rodea. Es curioso, casi en exceso, por ver, palpar, saborear: por conocer ese universo que le rodea y del que hace parte. Y esa curiosidad lo ha llevado a recorrer el mundo con su familia y a estar a la última en lo que se refiere a arquitectura.

Descubrió la siesta al mediodía y no la perdona (odia las invitaciones a almorzar), lo tortura ir de compras, no usa reloj y no le interesa cambiar de carro cada año. Admira lo simple: un trabajo bien hecho o una persona que tiene una relación amable con el mundo. Es su crítico más duro: no queda totalmente satisfecho cuando acaba un trabajo. Y para leer prefiere la literatura, que lo engancha, algo que espera que haga la arquitectura.

“Daniel escucha y piensa”, escribieron en la carta de despedida cuando dejó de trabajar en una oficina especializada en diseño urbano en Londres. Bonilla escucha y asiente, no deshecha posibles torpezas de sus clientes: quiere ir más allá de las palabras, llegar a la esencia de lo que piden, encontrar el valor. Su oficina, que ahora se llama Taller de Arquitectura de Bogotá y en la que trabajan unas 20 personas, ocupa unos pocos metros cuadrados en una en una de las torres más modernas de Bogotá, en un espacio colorido y acogedor, ruidoso pero íntimo. Junto con su esposa, Marcela Albornoz, quien también es arquitecta, ha creado un collage teórico propio para diseñar y construir, a partir de investigaciones propias y de elementos externos. 

Hace parte de la primera generación de arquitectos colombianos que se destacaron a nivel internacional. Entre sus obras sobresalen la capilla del colegio Los Nogales, el edificio Omega Block del colegio Anglo Colombiano, el edificio de la Cámara de Comercio en Chapinero, los edificios Julio Mario Santo Domingo y el Centro de Atención Integrada, ambos en la Universidad de los Andes.

Dice que decidió estudiar arquitectura a los 9 años.

Así es. Recuerdo que me gustaba jugar a construir, con juegos que tuvieran que ver con la ciudad, con el Lego o la Estralandia del momento. En el colegio, dibujaba edificios en perspectiva, que aprendí por mi cuenta. Una curiosidad autónoma y autodidacta. Una vez tomé la decisión, me dediqué a estudiar arquitectura. Empecé a dibujar con cierta “disciplina” y me dediqué a dibujar los edificios nuevos de la ciudad; me interesaba lo que estaba pasando, lo histórico no me parecía interesante. Desde entonces, tengo una curiosidad persistente sobre lo nuevo, sobre lo que pasa y sobre las cosas que aparecen.

Puede decirse que su pasión es la arquitectura.

Me apasiona todo lo que está ligado con la arquitectura. Soy aburridamente monotemático. Es un enorme defecto. Mis amigos son arquitectos, mi esposa es arquitecta, una de mis hijas quiere estudiar arquitectura.

Y cuando viaja, ¿ve algo más allá de arquitectura?

Claro, hace parte de ser curioso, de esa expectativa por conocer y aprender sobre cosas que no conozco ni entiendo si no voy al sitio. La comida me da una curiosidad gigante, y la gente también. Obviamente, siempre intento ir a ver el edificio relevante; normalmente, contacto a los arquitectos que me interesan y les pido que me reciban. 

¿Quiénes son sus cómplices en esos descubrimientos?

Mi esposa y mis hijas. Sagradamente, una vez al año y por unas seis semanas, montamos un viaje. Esto tiene una dimensión maravillosa y es que, al abstraernos del medio rutinario y compartir mucho tiempo entre nosotros, descubrimos otras cosas de esas mismas personas con las que vivimos. Desde cosas extremas hasta cotidianas. Se producen charlas diferentes al estar en un contexto diferente. Tengo una vida familiar muy activa, cotidiana, almuerzo en mi casa y me encanta estar en ella. En ese sentido, soy elemental. Aprendí a hacer siesta cuando empecé a ir a almorzar a mi casa. Vivo cerca del trabajo así que me desconecto por diez minutos; aprender a desconectarse es una disciplina. Y se hacen dos días en uno: si tuvo una mañana difícil, después de dormir posiblemente se despierte diferente. Es como tener dos facetas emocionales en el mismo día. Es un privilegio. No me gusta que me inviten a almorzar.

¿Por qué se fue a trabajar en la firma Llewelyn-Davies en Londres?

Espere me devuelvo un poco. Cuando decidí ser arquitecto con nueve años, descubrí una revista de un país de la cortina de hierro, no recuerdo, creo que era rumana. Esas revistas publicaban proyectos del modernismo y del constructivismo, lo que se desarrollaba en esa época en esos países. Empecé a entender la arquitectura moderna. Así que dibujaba lo que se hacía en Colombia y a ojeaba esa revista (que no podía leer). Dibujé mi ciudad ideal, que consideraba progresista en esa época: con tren, vías, un buen aeropuerto, con íconos arquitectónicos. Al final, fui construyendo una ciudad empírica (la arquitectura es relevante pero lo es más la ciudad y su comunidad). Cuando entré a la Universidad de los Andes, ya tenía establecido una serie de cánones, que se sumaba a cierta habilidad técnica. Ya tenía algún bagaje, no profesional, sino empírico. Sabía dibujar a mano. 

Luego, el irme a vivir a otro país hace parte de esa curiosidad por entender en dónde vivo. No solo el entorno físico inmediato, sino la pertenencia a una universalidad, a una civilización. A que pertenezco al hemisferio latino, como una condición particular. Todo esto me hizo entender que, aunque aquí las cosas operan de una forma, existen otras diferentes para entender el mundo y la naturaleza.

Cuando entré a trabajar en Llewelyn-Davies, lo importante fue aprender una manera de trabajar diferente a la nuestra. La diferencia estaba en que tenía más autonomía, menos apoyo y unos cronogramas muy rígidos que cumplir. Totalmente anti-latino. En contraposición, la estructura era desordenada: eran eficaces, cumplían con el trabajo y los tiempos, pero no así el espacio de trabajo.

¿Esa es la rigurosidad con la que trabaja al enfrentarse a un proyecto?

Los proyectos tienen varios ámbitos. Por un lado, el desafío creativo y lo que aporta; y, por otro lado, que las cosas deben hacerse bien y, ojalá, perdurables. Así que la rigurosidad ayuda a que las cosas se mantengan bien en el tiempo: a que al volver al proyecto después de 10 años de uso, parezca que lleva apenas uno.

¿Se imagina cómo será la vejez de sus proyectos? 

Me interesa que lo que hago dure lo que más posible. En ese sentido, el compromiso  está en cómo se construye, qué material se escoge, incluso renunciando a gustos propios (como la elección de unos materiales o la creación de cierta atmósfera), ante eso se impone la condición de intentar que dure.

Se podría decir que sus edificios, como estructuras, pueden durar muchos años pero, parece, que pueden cambiar de uso.

Sí, nos hemos dedicado de manera consciente a construir un pensamiento particular, con muchos visos universales, pero formando un collage propio. El primer parámetro que seguimos es la relación del edificio con su entorno y la ciudad: qué merece la ciudad para decidir cómo poner el edificio. El segundo es la flexibilidad: la condición que tiene el edificio de ser muchas cosas en el tiempo, porque no hay garantía de que el usos inicial continúe para siempre. En ese mismo sentido, nos interesa que el espacio de la obra pueda ser cambiable, mutable. Hemos logrado, por ejemplo, que el interior se convierta en exterior: como en la capilla del colegio Los Nogales, cuando al abrir una gran puerta se multiplica el público servido. El tercer tema que nos interesa es la relación interior y exterior a través del muro y el vano, en una proporción del cincuenta por ciento: esto se traduce en las texturas de la piel, de las fachadas de los edificios. 

Usted es uno de los arquitectos que ha hecho que la arquitectura colombiana se conozca fuera del país.

Creo que ello coincide con la época que por fortuna me tocó, que le tocó a toda mi generación. Nos volvimos conocidos y reconocidos fuera del ámbito local por la facilidad y la rapidez con que empezaron a trabajar los medios de divulgación gracias a Internet. Por eso, un grupo de arquitectos nos convertimos en referentes sobre lo que estaba pasando en Colombia; con otra coincidencia importante: se trata de un grupo que estaba revisando lo que pasaba en el país y que, además, habíamos estudiado en el exterior. Le inyectamos diversidad, cada uno con una preocupación por hacer un aporte diferente a lo que se estaba haciendo. Pasamos a ser tenidos en cuenta en el panorama global.

Estudió y trabajó en diseño urbano en el Reino Unido. ¿Por qué no se ha dedicado a esto?

Primero, cuando estudié había muy poco espacio para el diseño urbano, el espacio público no tenía el valor que tiene hoy en día. Por otro lado, cuando trabajé en la oficina en Londres, me di cuenta de que los procesos eran de décadas: entre el trazo y su realización pasa mucho tiempo. Y la satisfacción de hacer el trazo y verlo realizado es una experiencia invaluable para un arquitecto. Supe que me interesaban los procesos que no son tan largos y, naturalmente, fui volviendo a la arquitectura pero con visión urbana.

Puede decirse que es especialista en edificaciones para la educación.

Por casualidad. Hemos hecho casi de todo en cuanto a tamaño, usos y condiciones geográficas. Pero, definitivamente, hemos hecho más colegios. El hacer colegios nos ha permitido entregar arquitectura de una cierta calidad, mientras que en otro tipo de proyectos este debe ceñirse a un tema de rentabilidad. Cuando con el edificio se está buscando entregar mejor calidad para una comunidad, por encima de la rentabilidad, lo que está incluido pero no es premisa, se puede hacer mejor arquitectura. Al final, lo que tratamos es de darle un valor agregado a cualquier proceso: en el desarrollo de una técnica constructiva o usando un material de una forma que no se haya hecho antes, o en la manera en cómo se relaciona el proyecto con el entorno. Hay muchos espacios para dar ese valor adicional. 

¿Es profesor?

Soy profesor de un taller vertical con estudiantes que van de cuarto a séptimo semestre en la universidad Nacional. He sido profesor mucho tiempo y me interesa mucho porque me cuestiono a mí mismo. Cuando uno hace un proyecto, por las metas de tiempo y otra serie de cosas, no hay tiempo de cuestionarse o evaluarse. En el proceso del proyecto, se trata de tener un buen resultado, pero el cuestionamiento profundo es difícil de lograr. La primera pregunta que uno se hace como profesor es qué quiero y cómo lo quiero enseñar. Ya desde ahí se cuestiona lo que uno hace. Me apasiona justo por la palabra academia: lo entiendo como la profundización en el conocimiento, que no necesariamente tiene que estar acotado a la realidad. Hay unos que creen que la academia debe ser pragmática y debe enseñar la realidad, el oficio. Pero yo entiendo la academia como el lugar en el que se puede profundizar de manera crítica en el conocimiento de la arquitectura. Por lo tanto puede ser especulativo, hipotético, innovador si cabe. Al final, la academia da una emocionante plataforma para pensar de forma más amplia sobre los temas, y ese pensamiento se hace a través de la interacción con los estudiantes. Lo que me emociona de la academia es que siempre siento que los estudiantes hacen proyectos más interesantes que los que yo logro hacer en la vida real. También me interesa, como profesor, potenciar lo que esos estudiantes pueden hacer.

¿Qué libro tiene en su mesa de noche?

Estoy leyendo un libro sobre José Mujica. Una entrevista que le hicieron que me está pareciendo malísima. Creo que Mujica merecía un mejor libro. Leo la revista Semana, las noticias de la BBC en la tableta, recibo revistas de arquitectura que leo en diagonal y reviso rápidamente, pero sí leo literatura porque me desconecta de lo que hago y me atrapa. Un libro de arquitectura no me atrapa. Lo que tiene fascinante la literatura es que engancha.

Al terminar un proyecto, ¿se siente satisfecho?

No, solo en muy raras ocasiones. De todos los proyectos que hemos hecho, considero que muy pocos realmente quedaron bien. Creo que en lugar de vanagloriarse de lo que se hace, es más productivo mirarse con autocrítica. Estoy convencido de que así aprendo más y me mantengo más despierto y atento. Es una lástima quienes viven con sus dogmas construidos: se están perdiendo todo un universo.