La moral de La Borda

1 noviembre, 2019 |

La BordaNo sé si todos los humanos que vivimos en una ciudad, o en un campo, somos conscientes de que las estructuras, los espacios, el entorno que nos rodea, nos dan forma y tienen un efecto inmediato en nuestros cuerpos. Porque la arquitectura afecta a todos: así que todos debemos entenderla. Y creo (más bien, deseo) que quienes escriben sobre arquitectura en periódicos y blogs y fanzines se preocupan por explicarnos (a todos, no solo a entendidos) de qué va la cosa.

Estoy convencida de que el entorno determina la identidad y con esta certeza, y en este mar tormentoso de opinadores, vuelvo a lanzarme al agua, después de muchos años, para exponer y para compartir sobre arquitectura.

Este fin de semana conocí un edificio que pretende, además de dar una vivienda solemne a sus habitantes, dar un mensaje moral: La Borda, en el barrio de Sants de Barcelona, de los arquitectos de Lacol. Esta arquitectura es una clara invitación a querer ser como ella, a reproducir su alma, a copiarla indefinidamente.

Varias personas se juntaron en una cooperativa con la intención de explorar alternativas a la tenencia de vivienda (un tema que me inquieta, el de tener casa propia, pero eso será hilo para coser otro escrito). Cada uno debía cumplir con los requisitos legales para optar a una vivienda de protección oficial, que es el régimen impuesto. La administración pública local cedió el uso del solar y la cooperativa es la propietaria única del edificio.

Con el solar asignado, la cooperativa pidió dinero prestado, diseñó una unidad mínima de 40 m2 que puede ampliarse hasta los 70 m2, escogió formas y materiales flexibles y renovables, y decidió los estatutos para relacionarse en comunidad. Llevan un poco más de un año viviendo allí, así que todavía van cambiando reglas (vivir de verdad en comunidad debe ser una proeza) y acabando espacios (¿por eso es asequible?). Hay que darle tiempo al experimento.

Mucha letra circula ya por la red y por el papel sobre este proyecto y sobre estos arquitectos comprometidos con la búsqueda de un espacio sostenible y asequible para habitar. Así que me centro en lo que me preocupa: lo que significa para nosotros este proyecto y para el contexto urbano en el que está. El edificio es como Moby, el músico: nos gusta su arte, nos encantaría tenerlo en casa, pero solo una hora, porque (seguro) nos hará sentir mal sobre nuestros malos gustos y nuestras desviadas prioridades. Nos resulta intenso. Pesado. Para todos los que no son él, es el bueno, el verdaderamente orgánico e intensamente vegano. Mira un poco, solo un poquito, por encima del hombro, porque sabe más que el resto, porque ya superó eso que nos hace malos humanos y malos vecinos (y aquí vecino va más allá del propio sector, va hasta la Tierra entera). Intenta pasar desapercibido pero es locuaz y demasiado desafiante. Nos da una lección muy clara y por eso hay que escucharlo. Y somos conscientes de que tiene razón. De todas maneras, está solo y parece que nadie quiere acercarse demasiado para aprender, copiarse, emprender la misma cruzada.

Urbanamente hablando, está solo: el edificio mira hacia dentro, hacia su propio centro y hacia un futuro parque en el interior de la manzana, y pone su cara más extraña a la calle Constitució. Sus fachadas aprovechan los vientos y el sol de Barcelona pero poco se relacionan con el lugar, con el entorno construido. A lo mejor, desde la ignorancia de mi teclado y la magnificencia que significa escribir sobre arquitectura, esto es lo que lo hace menos imitable, menos reproducible, menos asumible. El beneficio de localizarse como se localizó, de construirse como se construyó, parece ser solo suyo. Que sí, que es mejor para la Tierra, pero compárteme tu cara amable, no esa que solo abre un poco la boca para aspirar aire. Me lo sigo imaginando como a Moby: simpático pero altivo, parlanchín pero distante.

Los arquitectos han recibido diferentes premios por este experimento, que dice mucho (aunque me viene a la mente el Nobel a Obama). Y entiendo que ya están en el proceso de diseño de más arquitecturas de este tipo, que dice más. Me interesa seguir la vida de este edificio, porque su inconclusión es su mayor valor. Verlo cambiar, ir adelante y atrás, advertir que el paso del tiempo demostrará su valentía. No sé si esperar que otros edificios tengan la misma ambición: la de ser vivienda asequible, la de devolver más al mundo que aquello que necesitan para existir. Sería lo lógico.